Agualusa ganador del Premi Llibreter, el escritor a paso firme

Agualusa ganador del Premi Llibreter, el escritor a paso firme. El autor angoleño ganó el reconocimiento de los libreros catalanes por su novela Teoría general del olvido. El gremio de los libreros de Cataluña ha otorgado a José Eduardo Agualusa el Premi Llibreter 2018 en la categoría «Otras Obras». Por Mauricio Runno.

Agualusa

No es tan niño aunque sí muy mimado. Nació en la profundidad de África. Vive entre Lisboa, Luanda y Brasil. Definitivamente es el anti Paulo Coelho lusófono de estas horas.

José Eduardo Agualusa es mi Feria del Libro íntima. Y he permanecido más que ansioso hasta que llegara su más flamante libro traducido al español, «Teoría general del olvido» (Edhasa). Lo más divertido del caso Agualusa (y créanme que lo es), es que alteró el normal curso de la literatura en portugués y se enfrentó a autores consagrados y no tanto de Portugal, pero también de Brasil. No vaya a creerse que el enfrentamiento fue un suceso deliberado. Mucho menos que fue un conflicto. Pero que alteró un sistema de escritura, no tengan dudas.

Si en algunos años el escritor nacido en Angola recibe el Nobel de Literatura, nadie podrá desmerecerlo.

Tiene 58 años pero cuando escribe la sensación es enfrentarse a textos que parecen salidos de alguien que ya murió o que pasó la barrera de los 100. Hay escritores dotados por ese talento de conducirse en un estilo, su voz narrativa. Y Agualusa, más allá de cualquier logro «temático» en sus distintas novelas, posee el fuego sagrado de una técnica que lo hace único, una máquina de narrar en estado industrial.

He leído sus novelas en portugués y en español. Y también dos títulos en ambas lenguas. Uno de ellos es su extraordinario fresco sobre la ciudad que más felicidad vende a modo de turismo. Me refiero a «O Ano em que Zumbi Tomou o Rio». Es una crónica sobre la violencia, el poder, el doble fondo de las cosas, la paranoia, lo racial como límite invisible.

Se sale de este libro con algún ánimo fatalista acerca del futuro, pero también con la perspectiva de la conformación de un nuevo orden social. Digo crónica como metáfora y jamás como género, aunque, amigos, para qué discutir estas tonterías que le interesan a cinco profesores de Literatura.

Agualusa no propicia la lucha de clases, pero destina buena parte de ese texto a preguntarse cómo mezclar el agua y el aceite. En algún tramo de aquella novela, el angoleño (en portugués el gentilicio es «angolano»), cita a Chavela Vargas:

Uno vuelve siempre

A los viejos sitios

Donde amó la vida

Y entonces comprende

Cómo están ausentes

Las cosas queridas

Agualusa, la ex promesa

Para entender el asunto Agualusa sirve decir que el tipo viaja, en forma casi permanente, entre tres países, donde el portugués, la escritura, la construcción semántica, la ley gramatical y hasta la fonética, es un verdadero cambalache.

Lisboa, para tocar acaso un poco, y casi de refilón, esa Europa que a veces se descubre vencida. Rio de Janeiro y San Pablo, en Brasil, tal vez como para estar presente en el mayor país donde las cosas se dicen y se hacen en el portugués más universal. Y en su casa, Luanda, en Angola, en la Africa colonizada, el continente todavía inexplorado y caprichoso.

Cualquiera podría decir con cierta lógica que se trata de un escritor y de un artista contemporáneo: sus cielos cambian según el continente, la geografía humana a abordar es lo suficiente dispar y el triángulo, de algún modo, representa una suerte de demarcación de terreno y también una declaración de principios:

«Nací en portugués, pero del africano», podría decirnos, si acaso no es evidente este sistema nómada pero confiable que entrega en cada nueva obra.

Juan José Saer decía que la patria era la infancia. Y Agualusa se permite una respetuosa y hasta poética variación: la patria es el lenguaje.

Agualusa en Teoría general del olvido

«Teoría general del olvido» es, entre su producción, un libro «africano»: todo sucede en Angola, donde arriban los cubanos y los soviéticos, y los norteamericanos e israelíes por otro lado, para prolongar lo que hoy conocemos como la «Guerra Fría». El disparate de una sentencia más disparatada, dividir al mundo en dos, tuvo su enorme influencia en la guerra civil más duradera de la historia del África moderna.

Aquello se desparramó entre 1975 y 2002, en lo que comenzó como guerra civil por la independencia del país. Angola padeció, por la discusión casi bizantina entre americanos y rusos, una locura que se traduce en 3.500 muertos, 4 millones de refugiados y 100 mil mutilados, blancos fáciles de los terrenos minados por algunos de los bandos.

¿Se trata de una novela política? Posiblemente, en algunos de sus pliegos, sí. Pero no es el plan de la trama, que sigue la convulsión de la guerra como un absurdo, como una demencia de los hombres sensatos.

Y la protagonista es Ludovica. Una mujer que desafía a cualquier persona conocida que padezca el miedo (o el peso) del mundo exterior. Ni qué hablar sobre los ataques de pánico. Su cuadro es más que un severo diagnóstico de agorafobia.

Ludovica, desde el último piso del llamado Edificio de los Envidiados en la capital de Angola, Luanda, sobrevivió la guerra sin descender a tierra firme. Lo asombroso es lo que sigue.

Ludovica completó 28 años de resistencia a la realidad. Y esto es lo que propone la flamante novela de Agualusa: a más irrealidad, mayor surrealismo, mientras los generales con chaquetas de distintos colores jugaban una guerra que se hizo interminable. Un fracaso de la diplomacia, de la política exterior de las entonces potencias.

La víctima escogida por el escritor es el destino de Ludovica. Y es gracias a un soberbio ejercicio creativo del escritor, que ella sobrevive dentro de un marco lógico, allá, arriba, en la cúpula de Angola, mientras el país va cayendo y sumiéndose en una idea del infierno terrenal. Los cortes de agua y electricidad que padecen en el país nos recuerdan al siglo XXI de la Venezuela «libre» de la aftosa del imperialismo (y blá blá blá).

Podría contar la novela. Algunos ya saben lo que pienso sobre este «narrar» de una película o, en este caso, un libro. La historia es tan poderosa, el desafío de construir una historia del aislamiento y, al mismo tiempo, del ensimismamiento inevitable, es la gran factura de un escritor en serio.

Si todo es historia la de Agualusa se fue construyendo del siguiente modo: «Estación de lluvias» (1996), «Nación criolla» (1997) y «El año en que Zumbí tomó Río de Janeiro» (2002), todas ellas publicadas en castellano. Con «El vendedor de pasados» ganó en 2007 el Independent Foreign Fiction Prize (primer africano en obtenerlo). Pueden revisar el resto de sus más que varios títulos en su propia web.

Encarar un suceso de 30 años y colocarlo en 200 páginas es un pelotazo o una genialidad. No duden que la segunda opción es lo más parecido a los que hombres sensatos llaman como la realidad. En esta concentración estupenda, en este ejercicio de narrativa breve y densa (otra que varios de los autodenominados»innovadores» de los microcuentos), radica el secreto de una novela que deja constancia de una época y sus hombres. Un texto que va camino a clásico, como la película de Roberto Benigni, «La vida es bella».

Que de eso se trata, exclusivamente, todo este enjambre denominado existencia. Y no me vengan con frases de Paulo Coelho, merci.

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