Alberto Fernández, al argentino no lo acompaña ni la suerte

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Alberto Fernández, al argentino no lo acompaña ni la suerte. Por Mauricio Runno. Editor General, News of the World, para La Voz de Chile ¿Por qué el presidente Alberto Fernández está cada vez más solo en su gestión?

Alberto Fernández gestión

¿Cuál es el colmo, puestos a pensar en un país imaginario, de una cultura y un gobierno populista?

No estar organizado ni siquiera para regalar dinero.

En la Argentina del presidente Alberto Fernández, sin embargo, ese delirio ya pasó a la realidad. Y pasó todo divague especulativo, puesto que ha sido superado: muchos empleados del Estado deben cobrar sus salarios en cuotas porque, hoy, la Casa de la Moneda no alcanza a fabricar el dinero suficiente.

Hace pocas horas, la Argentina festejó más de dos siglos de independencia de la monarquía española. En más de 200 años el país parece no estar todavía del todo bien organizado como Estado. Hay que darle tiempo a la clase política.

Alberto Fernández está solo. Casi como siempre, diría algún cronista de la sección Política. El asunto es que en esta fase del país es él quien ocupa la presidencia. Pero nadie ya toma en serio su cargo, no por desrepetar la investidura o el cargo legítimo, sino porque ha sido él mismo quien más esfuerzos ha dedicado en vaciarlo de sentido.

Dice que llueve, sale el sol. O suenan truenos y aconseja colocarse el traje de baño.

La soledad de Fernández a veces se percibe como la perplejidad de quien es celebrado en un cumpleaños por la vía de la sorpresa. «Sí, es para vos, felicidades», sueña, si es que tiene tiempo para dormir sin pesadillas.

El país que está configurando es el peor desde el retorno democrático, mucho más grave que la explosión que sucumbió al país en 2001. Día a día, durante la cuarentena más larga del mundo decidida por él, cierran miles de negocios y empresas, caen millares de puestos de trabajo por hora, se marchan compañías del país con más alivio que pesar.

El humor social es una nube tóxica: según encuesta reciente, 8 de cada 10 argentinos se iría del país.

Argentina vive una suerte de «dictadura» de los empleados públicos. Es un logro de la política argentina, exclusivo, a fuerza de mérito propio. El modelo es sello de una mediocridad de dirigentes que avergonzaría hasta el mismo Stalin.

El empleo público pasó a ser el status más codiciado en una sociedad que ni siquiera premia la eficiencia del recurso humano. El cuello de botella en la Casa de la Moneda sería una de las tantas evidencias, entre las más jocosas, pero también de las más patéticas.

Estado en mal estado

No funciona la Justicia. No hay cobertura social democrática e inteligente. El default es casi crónico. La actividad privada, satanizada. El crimen se burla de los que trabajan. En la Argentina lo que cualquier persona cree que es suyo está sujeto al capricho expropiador de aquellos que se encargan de hacerle saber que miran esos botines ajenos con ojos de pirata rioplatense.

Alberto Fernández, mientras, intenta compararse con Alemania o con algún país nórdico. Un absurdo en sí mismo.

Otras veces, en la intimidad del patio trasero, patalea porque se siente solo, en una Sudamérica que también lo ha confinado por sus constantes ataques e inncesarias intervenciones en asuntos internos.

El presidente habla con líderes latinoamericanos que ya son parte de un pasado mal ejecutado. Y, por esa razón, nada glorioso. Muchos enjuiciados por corrupción, otros condenando a países enteros a la pobreza más cruel y otros fugados por cometer fraudes en procesos electorales. De estadistas y visionarios, poco y casi nada.

En su afán por salvar el mundo, tarea que hizo pública, el presidente Fernández buscó la sombra del aliado. Hace unas horas, AMLO se reunió con Trump en la primera salida como presidente de México desde que asumió. Ya ni siquiera el dios azteca lo acompaña en su cruzada épica.

Resulta ansioso el mandatario de Argentina: al vestirse, primero se coloca los zapatos, luego las medias. ¿Resultado? Circense.

Espera un golpe de suerte, una vez más el pensamiento mágico tan inherente a la condición argentina. Y demora cada decisión como si tuviera capital político, bases de sustentación, aciertos de gestión en crisis. Su palabra está devaluada, sus gestos ya aburren de tanto cinismo. Apenas es capaz de recurrir a la habilidad retórica de los doctores en leyes.

Mientras tanto, los argentinos comienzan a salir a las calles. Baten cacerolas, palmas, consignas variopintas. Decididamente importantes sectores de la Argentina buscan reformular una lógica y una misión: conquistar el poder y el espacio perdido a manos de la inflación, la depreciación del peso y el descalabro impositivo.

Fernández está solo. Por ahora, él y su escaso y opaco elenco apenas calientan las notificaciones en Twitter.

Su gestión ha dejado más crisis allí donde ya la había, más problemas justo donde no los había, autoritarismo en la libertad y una profunda grieta entre los argentinos. Poco va a reparar, de este modo, el presidente.

Y hacia allá marcha el país, entre el milagro y la explosión, entre la chiqueza y la bajeza, entre las soluciones de quienes son parte del problema.

En el fondo, como si fuera un dato menor, todo se mueve con el terremoto de la pandemia que cambió el mundo.

Narcisista y masturbatoria, la clase política argentina hará lo de siempre. Nada, en una palabra. Salvarse, cuidarse, prepararse para las próximas elecciones con nuevo make-up y sonrisita de vendedor de coches.

El milago argentino está en marcha, amigos. Una vez más. Nos vemos.

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