Alberto Fernández, el gobernante más gobernado de Argentina

Alberto Fernández, el gobernante más gobernado de Argentina. El presidente del país vecino está demostrando que el emblemático sillón de Rivadavia en la Casa Rosada también se alquila o se permuta, tanto como cualquier empresa de las que suele fustigar.

Alberto Fernández Argentina

Por  Mauricio Runno

Editor General News of the World

Alberto Fernández nunca ha sido lo que se considera un político de las profundidades. Más bien, todo lo contrario: ha sido meterete del establishment conciliador, lobista, con bastante fortuna por su muy cuidado perfil de negociador, ahora devenido maestrito de escuela de frontera.

No ha sido un producto emergente de las multitudes ni de la partidocracia. Su militancia en el justicialismo de la Capital Federal hasta lo emparenta más con una secta, que a un espacio político con vocación de poder o respaldo popular.

Alberto Fernández no cuenta con militantes, sino con aliados profesionales del mundo de la política, es decir, lo que se considera «pares». Muchos fuera incluso de su propio partido, como es el caso del triste heredero de Raúl Alfonsín, el actual embajador del país en España.

Fernández no tiene noción sobre lo que supone liderar un espacio político y más bien su supervivencia en el espectro de la vida pública se explica por sus dotes como relacionista público, intermediador.

En la gran politica, el presidente tiene todo por aprender, partiendo de la categoría Don Nadie, en términos de representante electoral. No tiene votos, para decirlo en mejor castellano. Y es un cachiche, aún cuando pudiera creerse que se trata de un político de raza. Pero si es por eso, Fernández, apenas posee cierto linaje.

Alberto Fernández es a la escena política argentina lo que podría decirse de un reciente nuevo rico. Advenedizo, sospechoso, el desconfiado más reciente del inexplicable club de los amparados bajo misterio.

Es el presidente argentino quien mejor sabe de esta historia y de su recorrido. Y en esas arenas le surge el personaje sobreactuado de estadista, con actitud académica y de narrativa dudosa. Entre las peores acciones como presidente de Argentina destaca su ambiguedad, su sobreadaptación y la carencia de un proyecto de país, para no decir un plan programático.

De alguna manera, Fernández oculta sus carencias envalentonado por su escasa visión, su torpeza discursiva y una narrativa que día a día convence por su falsedad. Quizá que él ocupe la máxima posición de gobierno descubra lo que sucede en la Argentina profunda: la lógica inequívoca del oficio del bombero.

Alberto Fernández no gobierna, sino que más bien simula la operación ejecutiva. Es un accesorio de un proyecto que lo supera y que lo ha necesitado y ya no más para discutir seriamente lo que en las sombras surge como propuesta solapada, tan poco seria que nadie se anima a revelarla en su totalidad. La cobardía y la hipocresía cotizan bastante en alto en la sociedad argentina.

En esa paradoja, de ser la figurita y querer encarnar a una figura, el presidente navega haciendo más agua que vislumbrando tierra firme.

Maquiavelo en las pampas

En política, aquí o en la China y hasta en la propia Argentina, nadie regala un centimetro de poder. Hacerlo no solamente es anti natural, sino imposible. Y Alberto Fernández, al término de su presidencia, tal vez pueda dar un gran testimonio sobre esto, ayudándose de Maquiavelo, el florentino que resumió el arte del ejercicio del poder como pocos.

Entre las miles de paradojas que enfrenta Argentina, una de ellas es la del gobernante que no gobierna, el presidente que nada preside, aquel que apenas fue escogido como mejor opción para un plan del cual ni siquiera está del todo enterado. Ni participa de ese debate. Está ajeno a lo importante vinculado con el destino.

Es difícil ser presidente de un país tan caótico como Argentina. Pero mucho peor debe ser hacer de cuenta que se preside cuando nada importante depende de aquel que lo preside.

En términos artísticos, Alberto Fernández sería el náufrago de un trance que bien podría ser parte de Los Abuelos de la Nada. Y a su suerte camina el país, envidiando la naturaleza del cangrejo (se la reclama 3 semanas sin retroceder, en cualquier aspecto).

El presidente no convoca al futuro.

El pasado está bastante ensañado con él y los suyos, que tampoco son tan propios.

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