Argentina y los Fernández, contra el mundo y la realidad

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Argentina y los Fernández, el mundo y la realidad los desmienten. Por Mauricio Runno, Editor General News of the World, para La Voz de Chile. La sociedad gobernante en Argentina, Alberto y Cristina Fernández, están ofreciendo un espectáculo demasiado conocido para un país que los padece casi tanto como a la pandemia.

Argentina Alberto Fernández

Instalados en el poder nuevamente, ni el presidente ni su vice han dado un atisbo de esperanza para mejorar el país. Podría ser la paradoja de la profecía autocumplida: cuando eran opositores, incluso entre ellos, hablaban de un país que estaba muy lejos de la realidad de entonces. Al contrario, su descripción se parece más al cual ahora están gobernando.

Se horrorizaban ante la suba del dólar respecto al peso, hoy en poco más de un semestre, lo de Macri parece un chiste.

Fogoneaban titulares dramáticos en los medios de comunicación con el puntaje del riesgo país, hoy ni vale calcular la nula posibilidad crediticia de Argentina en el exterior (a diferencia de sus vecinos).

Dramatizaban sobre la pobreza, hoy, directamente, aquellos voceros decidieron suspender las mediciones. Y no por un exceso de riqueza.

El relato del kirchnerismo está llegando a su final, tal vez como la experiencia política más fallida en décadas, con un adicional cruel: son víctimas de sus propias políticas. Jubilaciones a millones de personas, sin aportes, asistencia crónica para mitigar la pobreza que se profundiza, una matriz de Estado corrupto, empleados públicos al modo de las dictaduras stalinistas.

En resumen: administraciones de provincias, lejos del siglo XXI, de las modernizaciones, las reformas estructurales a las que se someten todos los países en un mundo dinámico e inteligente.

Los que creen encarnar la trasformación resultaron los más conservadores, cómodos en el bono que les toca a fin de mes, en la tajada que supone ampararse con el exitoso de turno. La Argentina de los Kirchner jamás fue cosmopolita, sino provinciana. Igualó, sí, la mediocridad, los modos feudales. Una pieza de museo.

De enemigos a íntimos, de blanco a negro, la crisis terminal en Argentina los encuentra en silencio estricto. Hace menos de un año hablaban hasta de fútbol. Raro hermetismo.

El futuro ha sido cruel con Cristina Fernández y su último amuleto de la suerte, el presidente Alberto Fernández: solamente los ha puesto en el pasado, como atados a un destino que provoca fastidio social, malestar en las capas productivas del país y rechazo entre los cada vez menos productores de riqueza. Siempre hay vivos, claro, pero también la historia los confina al rol de idiotas. Lázaro Báez, Cristóbal López, Daniel Muñoz, Amado Boudou, banqueros adictos a la coima, otros varios empresarios amanerados al diezmo, contratistas estatales.

Es imposible avanzar al futuro con el pasado. Y es el núcleo de la decepción que ha provocado el hombre que habita, hasta con incomodidad a veces, la Casa Rosada. La evidencia del pasado como condena ha sido la sanción del oficialismo de una ley de teletrabajo, a medida de las sociedades del siglo XX.

El retardo de la política argentina con la realidad es espeluznante. Algún día el país le dará una mínima chance, no ya al futuro, sino al presente.

Manda pero nadie obedece, grita para audiencias sordas, ejecuta pero no concreta. Y cuando el presidente habla, el mundo y hasta la realidad lo desmiente. Es como si quisiera imponer una verdad a la que todos saben como mentira. Y no por genialidad del interlocutor, sino por abusar del recurso: lo que diga el presidente, da igual. Lo inquietante es que apenas lleva un sexto de su período constitucional.

Soberanía alimentaria, salud o economía, llenar las heladeras, aumento a jubilados… Talento inusual: hace todo lo contrario. La última de la serie fue anular, por vía de decreto, el otro decreto que había firmado sobre la expropiación de la empresa Vicentín.

El registro de títulos periodísticos sobre sus intervenciones en geopolítica, no es errático. Habla de una estrategia y de cómo el presidente entiende que se gestiona una crisis (mal, claro).

Justicia, más defensa que justicia

El kirchnerismo siempre vivió una época equivocada. Ha sido un movimiento político que se ha empecinado con el pasado. Y, en verdad, poco de audaz ha propuesto en temas de interés contemporáneo. Funcionó como una máquina del tiempo. Funcionó hasta que se quedó sin nafta.

Por eso no extraña la escasa sintonía de la mujer más poderosa de Argentina, la presidente (por ahora del Senado) Fernández de Kirchner, con el ruido de la época, la urgencia de estos días, con lo importante que encubre la capacidad de liderazgo.

En su cuarto período de gestión en los máximos niveles de la vida pública, CFK está alejado de los problemas mundanos: la pobreza, la inflación, la desesperación, el crack con gusto a fin de fiesta que ha provocado la pandemia en Argentina.

La vicepresidente parece ignorar que la historia la escriben los hechos. Y desafía la propia narrativa de la naturaleza: su epitafio se dirime en la justicia. Allí ha cargado. Y de allí no se moverá. Sus fieles más lúcidos parecen comprenderlo. Por eso esconden el fastidio y se abocan a la reconstrucción del mito.

Quién mejor que otro Kirchner, en este caso el diputado Máximo, para garantizar el epitafio correcto. Pues allí se mueven las luces más escenográficas de la política en Argentina. O las mueve el hasta hace un año enemigo número 1 de la familia, el diputado Sergio Massa.

Pandemia para hoy, hambre para mañana

Cualquier persona apelando al sentido común sentiría que esta película es imposible de hacer. No solamente porque no hay presupuesto (nada, no hay una moneda, y el país está en default con los acreedores externos), sino porque se acabó el rollo. Apenas hay espacio para películas delirantes, filmadas en los cerebros de todos estos protagonistas.

No es novedad afirmar que Argentina está en crisis. Lo innovador en esta fase es que se trata de un pozo ciego, literalmente. Y para peor, la caída es acelerada y en picada.

Si cuesta pensar un país que vive en el pasado, la imaginación se pone más que a prueba con el escenario trazado ante la peor crisis de toda la historia de Argentina como nación.

¿Por qué haber llegado a un límite tan radical, tan trágico, a un fracaso colectivo inexorable?

Posiblemente porque todo lo escrito antes aquí hoy sea más importante que pensar en cómo reconstruir lo que se contribuyó, y con creces, a derrumbar, a voltear, a despedazar.

Dos pandemias surcan la Argentina. Según el certero economista Juan Carlos de Pablo, «tenemos dos problemas: el coronavirus y el Gobierno».

No es igual, aunque tampoco tan distinto.

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