Campo argentino, el eterno botín de la oligarquía populista

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Campo argentino, el eterno botín de la oligarquía populista. Por Mauricio Runno Editor General News of the World

Campo argentino

Para acotar y no perder el tiempo:

¿Quién te cambió la vida en el siglo XXI, Cristina Kirchner o alguien de su familia, o Steve Jobs o algunos de sus colegas?

En Argentina asombrosamente 1 de cada 4 personas se va a inclinar por responder que algún Kirchner. Incluso aquellos que padecen su largo azote patagónico en Santa Cruz, el laboratorio de una casta experta en el pasado.

Es imposible saber en qué y cuánto mejoró ese estado desde que comenzó a ser administrado por los Kirchner. Es tan imposible de encontrar una mejora, así como un plan de desarrollo que lo haya transformado en algo más que una factoría de empleados públicos. No ha sido la falta de dinero la causa de su fracaso y postergación. Justamente al contrario: ha sido este el mejor sistema para adueñarse de una provincia (incluso perdiendo las elecciones, pero ganándolas en los rincones de la burocracia política).

Pueblos pobres, funcionarios ricos. Ojalá fuera apenas un eslógan.

Imaginen ese modelo de provincias en un estado federal. El kirchnerismo ha sido apenas un máscara que ha podrido todo donde sea posible, incluso hasta lo bueno que haya podido haber hecho alguna vez. El populismo es una trampa que se ha aprovechado de los pobres para hacerlos más pobres.

Por eso quizá 1 de cada 4 argentinos ni siquiera sabe qué hicieron tipos como Jobs, Gates o hasta Zuckerberg. El mundo los tiene sin cuidado, así como el futuro, los desafíos. Lo nacional y popular en la versión kirchnerista protege y rejunta a los más pobres en una extrañísima ecuación: los multiplica, los alienta, los idealiza. Es su base de sustento.

La maquinaria de la casta no sólo actúa con lógica, sino con precisión y cálculo: mientras más pobres, más posibilidades de ser parte de la discusión del poder.

¿Y los pobres? Bien, gracias. Pan para hoy, hambre para mañana. La casta no descuida a su público: también hay bastante circo. La Roma de Juvenal:  Panem et circenses.

El Fernández que faltaba

Este esquema de asalto al poder, a la historia, a los hechos, a la verdad, a la justicia, a lo democrático, estuvo en jaque durante los 4 años de la presidencia de Macri. Ni siquiera el kirchnerismo tuvo la dignidad de entregar el poder. Salió por la puerta de atrás, ni siquiera por la de servicio.

Inventaron desaparecidos, pidieron aumentos ridículos, sus voceros culturales escupían bilis, se denominaron presos políticos. Durante un tiempo asistismos al novedoso espectáculo de que los pobres eran muy pobres (las partidas sociales destinadas por Macri limaron buena parte de su plan de infraestructura). Y se reparaba en el riesgo país, la inflación, la dolarización y la falta de confianza. O sea: lo mismo de siempre, pero, como el kirchnerismo estaba fuera del poder, eran asuntos estratégicos de un gobierno de malvados que venían a enriquecerse de un país paralizado.

Hasta que sucedió lo habitual en el peronismo: la abstinencia de poder fue más poderosa que el hambre. Y se juntaron los que se odiaban, se besaron los que se escupían, sin más que retornar al poder. Casi con la prepotencia del pueblo elegido, los redentores.

Y entró en escena un personaje oscuro, más afecto al acuerdo de cúpulas que a la construcción política. Y quedó en claro que una vez más vendía sus ideas políticas, esta vez al mejor postor. La historia terminó con Alberto Fernández en el principal despacho de la Casa Rosada.

En el país del «vamos viendo» (privatizamos, estatizamos, expropiamos, regalamos), el peronismo esta vez se encontró con un problema nuevo: no había nada por repartir. Y como nunca ha sido un generador de riqueza, sino más bien un derrochador serial, perdió el rumbo. Y está perdido en la búsqueda, porque, además, irrumpió la peste más severa de la historia contemporánea.

Día a día, la gestión de los presidentes Fernández se encuentra con problemas estructurales que, seguramente, han sido creado por ellos mismos, pero en otras épocas. Es como la maldición del mentiroso: siempre te atrapa la verdad. En este desconcierto, lo primero que hizo el gobierno fue también lo de siempre en el peronismo: estamos así culpa del otro, vieron, eso pasa porque se permiten el lujo de votarlos, cuando siempre deben votarnos a nosotros.

Pero el deslindar una y otras tantas responsabilidades ya ni siquiera convence a los fanáticos más funcionales.

Ayer, en todo el país, se produjo la primera manifestación importante contra el gobierno. Fue una jornada llamada a ser un hito. La convocatoria se debió a varios temas, pero principalmente a raíz del anuncio de expropiación de la primera empresa (o el cacareo, más bien, ya que no ha sido remitido el proyecto de ley al Parlamento). Fernández sacó de la galera el conejo más trucho en la historia de la última política.

¿Soberanía alimentaria? ¿Economía o salud? ¿De qué época es este presidente? Parece más urgido por entrar a la historia que a solucionar no solamente lo urgente, sino lo estructural. Los planes de Fernández son tan antiguos y precarios que ya se los llama filminas.

Las revoluciones encarnadas en Jobs y Gates legaron que el futuro y el progreso está más allá de lo que vemos, en entregarse a la creatividad y la innovación, sin perder tiempo mirando atrás ni apelar a las fórmulas del pasado.

Hay que ir tras nuevos miedos, si la idea es progresar, lo que en Argentina no sucede hace casi una década.

Parece improbable que el kirchnerismo salga de su rentable libreto o que el peronismo sufra un ataque de máxima humildad y autocrítica para encarnar una reconstrucción inteligente.

Es que además del espanto, los une esa ridícula abstinencia de poder, como si tanto hubieran aportado a la Argentina del siglo XXI los Boudou, los estatizadores seriales, los bucrócratas del Judicial, los ñoquis en cualquier nivel de la administración pública, es decir, la casta. Veremos de qué es capaz la nueva oligarquía populista.

 

Alberto Fernández, el gobernante más gobernado de Argentina

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