Charly García, historia e histeria de la Argentina soñada

Charly García, historia e histeria de la Argentina soñada. La nota es de abril de 2009, se titula Rezo por vos, Charly García y la historia Argentina. Hoy el artista cumplió 70 años.

Charly García Argentina

Por Mauricio Runno

“No me banco las hormigas, por favor pásame el raid”, cantaba Charly, hace años, cuando el dengue aquí era cosa de los aventureros, los que se iban al Amazonas o al Africa. Pero como siempre, todo lo que sucede en Argentina, ya ha sido cantado, escrito o dicho por Charly García. Caiga quien caiga, guste o no.

Así también le ha ido a él en los últimos años. Debe resultar espantoso ser creativo y genial en un país condenado a ser de cuarta con aspiraciones a primero. No ha habido demasiadas opciones.

“Estaba en llamas cuando me acosté”, dice en una de sus últimas canciones. Es un poco lo que le sucede a millones de argentinos cuando apagan el televisor para emprender el descanso nocturno. Pero a veces el relax no alcanza. El desayuno, asistiendo a las noticias matinales, no es mucho mejor: confirma o empeora todo lo dudoso que nos quedaba pendiente por saber. Suerte que algunas publicidades nos devuelven a la realidad, como los avisos de las leches fermentadas dietéticas descremadas de bajo valor glucídico con pulpa de frutilla libre de gluten (bah, el actimel).

Todo, aquí, va en aumento (el actimel también): los precios de la canasta de alimentos, los servicios públicos, los agravios, los asaltados, los infectados, los desempleados. Y hasta la silueta de Fabbiani, si nos fijamos detenidamente en las últimas fotos, o la figura de Lanata por TV, que tampoco escatima mostrar otras desmesuras crecientes de los argentinos.

Enfermero

“De chiquito fui aviador, pero ahora soy un enfermero”. Imposible no pensarlo: la metáfora resume el destino argentino. Se nos suele ver levantando vuelo aunque, por lo general, descarrilamos, hasta abarrotar las salas de urgencia, en busca de cura, sanación o, al menos, un poquito de alivio: “Yo no quiero volverme tan loco, no quiero vestirme de rojo. Yo no quiero ya verte tan triste. Yo no quiero saber lo que hiciste. Yo no quiero esta pena en mi corazón”.

Nadie la quiere, Charly.

Todo indica que una de las últimas generaciones lúcidas, medianamente interesantes, terminó yéndose del país cuando sucedió aquello en las universidades, lo que se conoce como “la noche de los bastones largos”. Uno de los símbolos de los tiempos dorados fue la suerte corrida por un extraño aparato, hablamos de 1966, al que se llamó Clementina. Se trataba de una computadora que fue destruida por las autoridades universitarias en complicidad con el aparato represivo encabezado por el presidente de facto Onganía.

No sería la única iniciativa educativa desgraciada. La feroz represión desatada significó el exilio de centenares de hombres y mujeres inteligentes. Entre otros, Gregorio Klimovsky, una de las máximas eminencias en lógica matemática y filosofía, que murió hace apenas cuatro días.

“Ya no hay morsas ni tortugas. Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie juegan cricket bajo la luna. Estamos en la tierra de nadie, pero es mía. Los inocentes son los culpables, dice su señoría” (Charly, 1980: la morsa era Onganía, tortuga, en cambio, le decían al presidente Illia).

Guerra y paz

Las generaciones posteriores hicieron el amor, pero también la guerra. Y otra vez intentaron borrarla de nuestra memoria (“los amigos del barrio pueden desaparecer…”). Y cuando aquello terminó, la nueva generación se encontró, otra vez, con la guerra, de las más estúpidas en la historia del universo, Malvinas: “No bombardeen Buenos Aires, no nos podemos defender. Los pibes de mi barrio se escondieron en los caños, espían al cielo, usan cascos, curten mambos, escuchando a Clash”.

Luego viviríamos una fiesta, en la que Charly, embriagado, seducía al otro Charly, el «Carlo» (el orden de los factores no altera el jolgorio). Pero ya era una carrera loca y suicida, con destino a la nada, un baile narcótico, las últimas risas desencajadas antes de la hecatombe, el acabose. Que siempre llega. Esa vez hubo fecha: diciembre, 2001. Aún lloramos esos muertos y penamos por lo que se fue, lo que nos sacaron, lo que no advertimos, lo que entregamos, lo que sufrimos (“Yo no quiero sembrar la anarquía, yo no quiero vivir como digan”).

Si es posible pensar en esperanzas, si acaso ninguna anestesia ha conseguido dormirnos del todo, deberíamos celebrar que Charly se encuentre decidido a vivir una vida mejor, más cerca del piano que del arpa. Es que si uno lo piensa bien, si uno lo oye mejor, algo bueno quizá podría pasarnos. Sólo es aguardar una próxima canción.

El verdadero arte suele anticiparse a la realidad.

Quizá haya llegado la hora de amar sin matar.

A Charly, al país, a tu vecino.

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