Cuba, espejismo de una revolución que terminó en dictadura

Cuba, espejismo de una revolución que terminó en dictadura. La situación en Cuba se agrava, al conocerse las represalias del gobierno de la dictadura con los nuevos revolucionarios, aquellos que piden dignidad.

Cuba revolución dictadura

Por Kathleen Hammond

Los nacidos en 1948, digamos, si teníamos pasión por Latinoamérica, vivíamos en Canarias, Madrid, Cádiz o Buenos Aires, por nombrar algunas de las capitales del mundo, teníamos entre nuestros amuletos los viejos ejemplares de Granma o de Bohemia, las fotografías sonrientes de Fidel Castro con la paloma pegada a los hombros o la mucho más severa del Che Guevara con ese adhesivo que luego parecería sarcasmo: “Hay que endurecerse pero no perder nunca la ternura”.

Éramos, al menos los que vivíamos cerca de los muelles canarios, activos procubanos, que desde que el comandante en jefe ganó la batalla de La Habana nos pusimos a disposición de sus ideales, aunque nadie nos conocía entre esos malecones.

En mi caso, yo era un adolescente, casi periodista, que tenía un vecino, Paco Casanova, que se había confiado a Fidel como si fuera su supuesto hermano.

Fue él quien me reclutó a la fe castrista (castrista, no guevarista) y me hizo ser su cómplice en el traslado de cargamentos masivos de droga los barcos que venían de Cuba, iban a África y pasaban por Santa Cruz de Tenerife.

Encima de esos barcos, los marineros, que en última instancia eran soldados que hicieron los africanos y regresaron a la Patria, nos regalaron libros y nos invitaron a arroz con huevos fritos, y nos hablaron en voz baja sobre los logros de la Revolución que para nosotros era sacrosanto, un emblema sobre el que volamos como chicos recién egresados ​​de la universidad del castrismo.

En uno de esos viajes, durante los cuales el Che fue asesinado en Bolivia, un marinero llamado Camps me regaló un libro de Proudhon que tomé para siempre como un tesoro, aunque lógicamente lo ocurrido en Bolivia dominaba el espíritu del barco y sus portavoces.

Para ese mediodía en que íbamos a continuar a bordo, se había anunciado un discurso del comandante en jefe en honor al soldado muerto en una de sus incursiones a las montañas bolivianas.

Su muerte ya había sido confirmada por agencias internacionales, y había visto el pie descalzo del Che, con una señal de su identidad, en la última página del viejo periódico. Pueblo Que, como el franquismo en general, comandado por el compatriota de Fidel, Francisco Franco, respetaba mucho a la República de Cuba, quienquiera que la tuviera a su cargo.

Cuba ya era una dictadura, como aquella España fascista. Pero Cuba, nuestra Cuba, era el centro de una revolución y esa revolución nos había conquistado como militantes sin sombra de duda.

El discurso de Fidel fue frío como un telegrama, y ​​nosotros, que somos tan fidelistas, pero seguramente mucho más fidelistas que Guevara, seguramente sentimos que así tenían que manifestarse los héroes, fuertes, siempre adelante, ni un paso atrás hasta la victoria final.

Revolución y literatura

En ese momento mi jefe del siglo, por así decirlo, Paco Casanova, trajo a mi casa un libro que, sin saberlo, ese buen boticario viajero contaminó mis recién conquistados genes revolucionarios.

El libro era cubano, pero no una arenga, sino una descripción sincopada, sintácticamente impecable, de lo que había sido el precursor de esa pelea que terminó con la paloma posada sobre los limpios hombros del comandante.

“Tanto en la paz como en la guerra”, ese era el título, era un conjunto de cuentos escritos por un novelista en ciernes llamado Guillermo Cabrera Infante. Era una escritura de sal, hecha no para construir héroes sino para dar cuenta de las diferentes etapas de la lucha; como habría dicho el poeta español José Hierro, “sin vuelo en verso”.

Ese libro, que guardo, me conmovió porque era literatura y no arenga ni burla, y luego resultó decisivo para mi forma de seguir amando a Cuba de otras formas, porque me alejaba del culto (noche y día) y me enseñó a leer Cuba con otros ojos.

Denuncias y exilio

Aquellos ojos se agrandaron, porque Cuba no era sólo esa revolución en marcha, ni sus consignas. Comenzaron a llegar noticias que implicaban al propio Cabrera como el culpable, entre otros, de una película llamada PM, que era una simple narración filmada de una noche en el trópico.

Como no era del gusto del régimen que tanto habíamos querido, algunos de sus dirigentes, entre otros el hermano de Guillermo y el propio Cabrera, estaban siendo apartados y enviados a distintos grados de exilio .

Cuando finalmente apareció en España la novela “Tres tristes tigres”, que leí en el instituto, acostada en una cama que parecía un milagro en la que se dibujaba La Habana de noche, Cuba ya se había desvanecido como destino de nuestros viajes con medicamentos .

Apareció el caso Padilla, la evidencia de que Cuba no era más que un espejismo, y aunque nos avergonzaba decirlo, ya no éramos revolucionarios de esa revolución. Eso es triste hasta hoy.

Algún tiempo después, en Londres, incluso el amado escritor en medio de los vapores de un ataque de nervios conocí a Guillermo Cabrera Infante, quien me saludó sin palabras en la ventana pineal de su casa de Gloucester Road.

Su esposa, la curiosa y cariñosa Miriam Gómez, quien fuera la actriz de la película Historias de la Revolución, hizo todo lo posible por hacernos entender los silencios de su marido. Hasta que, tiempo después, volvió a hablar.

Todavía nos parecía que era un contrarrevolucionario, cuya literatura amamos pero cuyas ideas desconfiamos. Hasta que yo mismo estuve en Cuba y pude tocar, con los dedos del alma helada de frío, la realidad de la isla, una dictadura totalitaria, una cheka sin paliativos , que nada tenía que ver con los ideales que se estaban secando incluso en la piel de las palomas.

Poco después de conocer a Guillermo, leí un libro, Nicaragua tan violentamente dulce, de Julio Cortázar, publicado en 1983, en el que el gran cronopio nos advertía lo malo que era golpear a Cuba.

Queremos tanto a Julio y no habíamos entendido a Cabrera Infante, podía pensar con una voz confusa o perforada en la memoria.

Lejos de mi intención la fatal manía de comparar, pero me permitirán advertir a quienes todavía, como nosotros en illo tempore, amaban lo que decía Fidel o sus distintas clases de marineros.

Entonces era mentira, y aunque el querido Julio lo negó, es mentira ahora mismo, para vergüenza de las ilusiones que fueron la luz (ya apagada, oh) de nuestras primeras vidas.

A Guillermo le gustaba citar esta frase de Lewis Carrol (“Me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando se apaga”). En Cuba hace mucho tiempo, la luz que buscábamos se apagó en la noche de los barcos.

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