Kidding devuelve a Jim Carrey a la comedia negra y al naif

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Kidding devuelve a Jim Carrey a la comedia negra y al naif. La serie se estrenó del 9 de septiembre. Concitó una audiencia de 443 mil personas. Y muy rápido ganó la atención de 2.3 millones de espectadores semanales. Serie de culto.

Kidding

Por Mauricio Runno

El fenómeno Kidding estrenó su primer capítulo el 9 de septiembre. Concitó una audiencia de 443 mil personas. Y muy rápido ganó la atención de 2.3 millones de espectadores semanales. Su exhibición aprovecha todas las plataformas de la cadena CBS. Talento, calidad y audiencia, el trípode impensado tiene a Jim Carrey como el nuevo gurú de la industria en lo que va del año.

Mientras escribo estas impresiones -he visto apenas la mitad de la temporada que acaba el 11 de noviembre- se anuncia la producción de 10 capítulos adicionales, una transición hacia la segunda temporada que veremos en 2019.

Kidding es una innovación en el género series para televisión, ya más que contaminado por fórmulas aplicadas al cine, que apenas cambian de actores. Es de algún modo auspicioso la contracara de la máquina de hacer chorizos al estilo Netflix. Si hay un capitalismo vetusto, demagógico e injusto pese al pregón de su ética de igualdad (sospechada), y hay un capitalismo creciente y experimental, al calor de hechos más que ideas, de experiencias más que discursos, Kidding es parte de la nueva ola.

No se trata de las historias del american dream que a todo escollo lo supera con voluntarismo y con capitalismo de amigos. Más bien Kidding es una historia de oscuridad que elige asumirla para enfrentarla con optimismo o ingenuidad. O ambas perspectivas. Y acepta el fracaso como un hecho más normal que el éxito.

Jim Carrey es una estrella de la televisión infantil, un héroe de las generaciones venideras convertido en eje de un emporio comercial al que no presta demasiada atención. Su personaje ha logrado el éxito entre el público y su propio fracaso. En esta paradoja, en la tensión entre lo correcto y lo incorrecto, anida lo más perturbador de Kidding.

La tristeza y la ira son un factor en la vida cotidiana del protagonista, así como el naif y el cinismo también están presentes en su lucha por grabar un programa incompatible con su mito: una especie de manual sobre la muerte para infantes.

Cualquier simplón diría que se trata de un «violento». Es allí también donde la serie aborda con adultez e inteligencia el fenómeno de la «violencia», o de la «ira», como circula la condición en los pasillos de la psicología contemporánea. Rediscute con ajustada síntesis el concepto, el abordaje y cuando todo parece irse al demonio Jim Carrey irrumpe apocalíptico, conciliador y hombre de paz. Es su karma: estar a punto del desborde y jamás poner los dos pies en ese plato.

Kidding evidencia un mundo oscuro y diáfano, triste y feliz, agresivo y tierno. Nada que no exista fuera de la pantalla, pero que solemos no mirar aunque sí juzgar sin saber tampoco por qué somos tan simples a la hora de mirar la vida de los otros.

Punto para Jim Carrey, match point contra un género que ya se estaba poniendo tedioso y sin carácter, casi como el capitalismo de los arrugados.

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